
Cuentan los ancianos diolas, mientras pierden sus miradas como en busca de antiguos susurros, que hubo un tiempo en el que Dios se paseaba por la tierra con la misma naturalidad de quien lo hace por su jardín. Conversaba con animales, hombres y árboles, regalando a cada uno lo mejor que podía. De entre todos los árboles hubo uno que destacaba por su belleza, por su robustez, el color y el aroma de sus flores. Y Dios lo dotó de una longeva vida, incluso para la cronología de los árboles, para que todos pudieran disfrutarlo y gozarse bajo su sombra. Los años fueron pasando y el árbol fue aumentando en tamaño y belleza. Creció en altura y en orgullo, llegando a desafiar al mismo Dios con que pronto sus ramas alcanzarían el cielo y su hermosa apariencia lo cubriría todo.
Dios, enfadado con él por su orgullo y soberbia, alargó su brazo y arrancándolo de cuajo lo plantó del revés, de tal forma que sus hermosas hojas quedasen bajo tierra y sus raíces al descubierto.
Nuestro árbol maldito, nuestro Narciso arbóreo, desde entonces crece aparentemente deslabazado.
Cualquiera que haya gozado de su imponente presencia guardará en sus retinas la belleza del baobab, y en su corazón la fuerza de su vitalidad. Saint-Exupéry coincidiría, sin duda, con esta opinión.
Árbol extraño y fantástico. Estar en su presencia es retrotraerte a épocas pasadas, remotas, a tiempos en los que el hombre se sentía realmente pequeño ante la mirada de estos colosos animados. Tocar la corteza de un viejo baobab, acariciar sus grises nudos, es dejar que por tu brazo fluya una corriente de ciento, incluso miles de años, de vivencias. Su fuerza abruma y anonada, te hace chiquitito y te sitúa en el lugar que te corresponde.
3.000 años llegan a vivir, en condiciones de extrema sequía, durante meses sin una sola gota de agua. Sus troncos engordan alcanzando más de 10 metros de diámetro y en su interior pueden llegar a almacenar decenas de miles de litros del precioso líquido acuoso.
Su historia es la historia del África misma. Han sobrevivido a reinos y a batallas, a épocas difíciles y a danzas de alegría. Pasaron imperios, generaciones, apellidos, y ellos han continuado impasibles.
Permanecen desnudos de hojas durante meses hasta que el cielo se abre y descarga toda la furia que lleva dentro, dándose y donándose a una agrietada tierra que grita de sed. Es entonces cuando sus ramas empiezan a llenarse de hojas, cuando sus flores blancas y enormes terminan dando sus frutos.
El baobab es uno de los más sagrados árboles de África, pues en su interior habitan los espíritus de los antepasados que nos siguen acompañando, que moran entre nosotros.
Son toda una lección para la vida del hombre, historia viva que nos enseña cómo se debe vivir cuando las cosas vienen mal dadas, cómo aceptar la situación en la que te encuentres, llegando a aprovechar lo mejor de ella. Y cómo en los momentos de abundancia se debe regalar toda la belleza y fuerza que corren por dentro.
Diecisiete semillas de este coloso regresaron conmigo. Una de ellas ya está plantada desde hace dos días en una pequeña maceta. Mientras, yo la mimo y observo como si esperara verla asomar por entre la tierra. Contener tanto en tan poco es todo un reto. Si llega a brotar será un inmerecido regalo, un recuerdo continuo de lo vivido, una esperanza abierta a lo más parecido que podamos tener a la eternidad.
Adansonia Digitata, que dirían los pedantes. Nuestro pequeño proyecto de baobab, toda una fuerza de 3.000 años contenida en una pequeña semilla del tamaño de una vulgar alubia.
Ya os iré contando…