Será maravillosoooo… que decía la canción

Enredón y curioso que es uno, las navegaciones internetísticas suponen en ocasiones encontrarse con cosas asombrosas. Al menos para mí. Buscando en esa nueva gallina de los huevos de oro en que se ha convertido Google -en Google Maps, más concretamente- la ruta que he de seguir en unos días se me ocurrió preguntar al sistema cuál sería el mejor camino para llegar desde Madrid (donde vivo) hasta Nueva York (donde sueño que vivo). Y el sistema me contestó, ¡vaya si lo hizo! Si seguía sus indicaciones en tan solo 62 pasos habría llegado a mi ciudad soñada. Otro día hablaremos del ombligo del mundo. Hoy no toca.

Para otros curiosos irredentos os diré que si me decidiese a ir en coche tardaría aproximadamente 29 días y 19 horas en recorrer los 7.422 kms que nos recomiendan seguir.

Quizá hasta aquí no os parezca demasiado asombrosa la cosa (si alguien que se plantea hacer la ruta Mad-NYC en coche no te parece asombroso, pocas cosas te sorprenderán en esta vida), pero leyendo el camino propuesto encontramos el siguiente trayecto:

1. Continúa hacia el este en Puerta del Sol hacia Calle de Espoz y Mina […]
35. Gira ligeramente a la derecha en E05 (indicaciones para N182/Le Havre/Fécamp) […]
40. Cruzar el Atlántico a nado. 5.572 km
41. […] Gira a la izquierda en Long Wharf

¡¡¡Cruza el Atlántico a nado, dicen los cachondos!!! Total, son 5.572 kms de nada lo que separa ambas costas y no hay mal que por bien no venga: llegas con la ropa bien lavadita. Otra cosa será cargar con el equipaje…😆

Este casual encuentro me hacía sonreir y recordar esa canción sesentera que decía “Será maravilloso viajar hasta Mallorca sin necesidad de tomar el barco o el avión sólo caminando, en bicicleta o autostop“. Sí, sería maravilloso un puente que cruzase ese apasionante océano que es el Atlántico, lleno de vida, de fuerza, de majestad, de familiaridad… No estaría nada mal, no, señor. Otra cosa es que nos fuera rentable el tiempo a invertir. Pero… ¿quién ha dicho que rentabilidad y deseo tengan que ir de la mano?

Esta simple anécdota (que sí, que no deja de ser una anécdota, la verdad sea dicha) me hacía suspirar por aquello que más me puede gustar en este mundo: viajar. Lo reconozco, me encantan los libros de viajes, las guías de países, los mapa-mundi, los documentales de lugares lejanos y cercanos… ¡¡¡Si, incluso, tiene género literario propio!!! Libros que te amplían los horizontes, palabras que te hablan de lo que hay más allá de lo que tus ojos ven, del horizonte que tus pies han hollado, olores y sabores con los que nunca te topaste pero que golpean con fuerza tu cerebro mientras te envuelven en el sofá de casa… Letras llenas de vitalidad, sorpresa, asombro, como las escritas por R. Byron, M. Twain, N. Barley, el visionario J. Verne, el propio Unamuno o el increíble -y hace unas pocas semanas tristemente fallecido- R. Kapuscinski (¡¡¡África!!! ¿Quién mejor que él para, de su mano, adentrarse en el continenente negro?)… Los fantásticos y míticos viajes de los clásicos Homero, Herodoto, Plinio, el propio Marco Polo…

Viajes en los que, la mayoría de las veces, lo importante no es dónde se viaja, sino el camino que se vive, la ruta acaecida entre dos puntos, las vivencias experimentadas, los encuentros fortuitos, las elecciones adoptadas en los cruces de vías…

Existen otros tipos de libros de viajes también apasionantes. Son aquellos que llevan a las profundidades del alma, al hondón de la existencia, a los últimos recovecos del ser humano. Rutas difíciles, complicadas, que llevan años de peregrinaje, y que merecerían una entrada aparte.

¿Por qué nos fascina tanto este tipo de relatos? ¿Por qué podemos pasarnos horas y horas leyendo hablar de lugares alejados o al alcance de la mano, conocidos o ignorados, enormes o imposibles de encontrar en un mapa? ¿Será que somos hijos de Ulises, que compartimos sus genes y grupo sanguíneo, y no cejamos de luchar por regresar a los brazos de una Penélope de la que desconocemos -incluso- su paradero? ¿Será que nuestros corazones no descansan jamás?

Un servidor lo tiene claro. Mi Ítaca se encuentra a 7.422 kms de Madrid. ¿Lo que acaece entre medias? Puro viaje.

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